La Gran Marcha del Trabajo del pasado 12 de marzo no solo rompió el cordón policial. Rompió también muchos años de silencio, de miedo, de represión… La exigencia de los y las trabajadoras venezolanas de recuperar los salarios resonó con tal fuerza que los actores políticos no pudieron sustraerse al reclamo.
Paradójicamente, la respuesta del Gobierno y de la oposición fue idéntica.
Quizás porque el Gobierno derechizado y la derecha no gobernante coinciden en el mismo sustrato ideológico neoliberal, privilegiando los beneficios del capital por encima de los del trabajo.
Según un relato idéntico, entienden las demandas “pero ahora no es el momento”.
La apuesta del madurismo siguen siendo los bonos, que, recordemos, no computan para ningún tipo de prestación social y constituyen una concesión gubernamental y no una obligación legal.
La oposición, al no tener tareas de gobierno, se mantiene en una cómoda comprensión de las dificultades del pueblo. Pero en paralelo envía un mensaje de contención desde sus terminales mediáticas/intelectuales.
Tras la manifestación, ideólogos neoliberales como Asdrúbal Oliveros o Luis Vicente León, agentes del capitalismo más extremo camuflados tras una aparente objetividad científica, salieron a advertir que por ahora es imposible afrontar una subida salarial.Nada nuevo bajo el sol.
El neoliberalismo lleva décadas difundiendo su doctrina a través de supuestos estudios avalados por la neutralidad de la ciencia y de los números. Y siempre, en cualquier tiempo y país, la conclusión es la misma: nunca es el momento.
Cada vez que un neoliberal accede a un gobierno justifica las medidas antipopulares en el mal estado de la economía y la “pesada herencia recibida”, aplazando las iniciativas que beneficien a la gente para un futuro que nunca llega.
Todo es mentira. El dogma neoliberal no resiste las evidencias empíricas. En los años 30 del pasado siglo, la salida de la Gran Depresión en Estados Unidos se hizo a través de expansiones salariales que estimularon la demanda interna de bienes y servicios y, por tanto, la producción, creando un círculo virtuoso que en menos de una década convirtió al país en la primera potencia mundial.
El artífice de esta política fue un economista tan poco sospechoso de radicalismo como Keynes. El ejecutor, un presidente igual de moderado como Roosevelt. Confiaba en el pueblo. Regularmente recibía a los líderes sindicales para escuchar sus demandas. Después les pedía que se lo exigieran en las calles.
Sabía de la importancia de visibilizar ante el país la necesidad de mejorar las condiciones materiales de vida.
En Venezuela ya no se confía en el pueblo, por eso hubo que salir a la calle y romper un cordón policial para que el poder recibiera a la clase trabajadora.
Ochenta años después, las recetas que un neoliberalismo triunfante aplicó en la Gran Recesión de 2008 fueron las contrarias: reducción salarial, recorte de prestaciones, privatización de servicios públicos… Las medidas de austeridad –el denominado “austericidio”- provocó un gran sufrimiento social y, en paralelo, enormes beneficios para el capital.
Dos décadas después, el mundo es un lugar más pobre.Las políticas expansionistas de Keynes son un anatema para los grandes tenedores de capital porque se basan en una fuerte presión fiscal progresiva: que el que más tenga, pagué más y el que tenga menos, pague menos, pero también pague.
La reestructuración de la fiscalidad es una asignatura pendiente en Venezuela, desde que en el pasado siglo la renta petrolera sustituyera a los impuestos como fuente de ingresos del Estado.
En 2012, último año con datos fiables, la presión fiscal venezolana era del 15%, muy lejos de 22% de la media latinoamericana o del 32% de gigantes económicos como Brasil. Hasta Chile, el gran experimento neoliberal del continente, tiene una fiscalidad más sólida. Y aunque no hay cifras (otro día habrá que escribir sobre la inconstitucionalidad de que el Estado no ofrezca datos completos y fiables sobre la situación económica) es evidente que la estructura impositiva sigue desequilibrada.
Durante el mandato de Chávez no hubo políticas redistributivas. Aunque se utilice esta denominación, en realidad lo que había era distribución de la renta petrolera a sectores excluidos. Lo cual no es poco, pero no es redistribución. Esta solo se puede hacer a través de medidas fiscales. Es decir, de lo ya repartido, tomar de aquellos que tienen más para redistribuirlo entre los que menos tienen a través de salarios, ayudas, servicios básicos, educación, sanidad, transporte, medios de producción… No es una distinción meramente lingüística.
La distribución no acorta las diferencias de clase. La redistribución sí: reduce la desigualdad y produce cambios estructurales.La reforma fiscal es un elemento fundamental para financiar la subida de salarios. Pero no es el único. Hay muchos más. Su utilización no depende del momento concreto, sino de una decidida voluntad política de privilegiar al mundo del trabajo por encima del mundo del capital.Por tanto, ¿cuándo es el momento de aumentar los salarios?
El momento es ya.
